ENRIQUE DÍEZ
CANEDO. EL POETA Y SU CIRCUNSTANCIA
José María Fernàndez Gutiérrez
Universitat Rovira i Virgili.Tarragona

Desde que Díez-Canedo comenzó a publicar sus primeras poesías en su libro Versos de las Horas, 1906, hasta sus últimos artículos de crítica teatral en "El Sol" en vísperas de la Guerra Civil, o sus colaboraciones en "Hora de España" en 1938, ya en plena guerra, su nombre había ido adquiriendo merecido prestigio, tanto por sus cualidades humanas como por los múltiples saberes en los que fue maestro. Pero, tras la contienda española, Díez-Canedo, notable poeta y excelente crítico, es sistemáticamente silenciado por los estudiosos de la literatura española, de ahí la necesidad urgente de plantearse y de realizar una revisión sobre su vida y su obra.
Enrique Díez-Canedo fue un personaje liberal, abierto e interesado por variadas manifestaciones artísticas: literatura y arte; amigo de casi todos los escritores, pintores y músicos de la época y persona que, sin haber asumido nunca una militancia política, contribuyó, junto con sus allegados -Manuel Azaña en primer lugar- al advenimiento de la República y tomó parte activa -las más de las veces sin buscarlo expresamente- en el curso de los acontecimientos históricos de la España del primer tercio de siglo. Todas estas circunstancias nos movieron a pensar que la pretendida revisión de Canedo resultaría más acorde con la realidad si en ella, en vez de narrar por riguroso orden cronológico los episodios de su vida, estudiábamos los círculos, ambientes y personas que frecuentaba; y así procedemos a continuación.
Nuestro poeta y crítico nació en Badajoz el 7 de enero de 1879 (su madre y sus ascendientes maternos procedían de Alburquerque). Durante sus años jóvenes la familia residió, además de en Badajoz, en Valencia, Vigo, Por Bou y Barcelona donde murieron sus padres en un breve intervalo de tiempo. Ya huérfano, se traslada a Madrid a estudiar la carrera de Derecho y, una vez concluida y afincado en la ciudad, aquí desarrolla su vida profesional: explicó historia del arte en la Escuela de Artes y Oficios y lengua y literatura francesas en la Escuela Central de Idiomas.
También en Madrid y desde Madrid estableció una serie de relaciones personales y culturales en círculos como el Ateneo, los cafés-tertulia que frecuentaba, la redacción de numerosos periódicos y revistas y en todos ellos destacó, sin arrogancia, gracias a su finura, discreción y buen gusto. Y desde Madrid estableció vínculos con toda Europa, pero especialmente con Hispanoamérica cuya literatura llegó a conocer y comprender -sin los paternalismos al uso de entonces- mejor que nadie en su época.
Si desde el Ateneo de Madrid sigue el pulso agitado del país y el acontecer literario ya que se ocupa de homenajes a Rubén Darío, a Galdós, a Mariano de Cavia; de presentaciones como la de José María Gabriel y Galán y asiste a conferencias y lecturas de libros hechas por sus autores; desde los cafés, especialmente desde "El Regina", que frecuentaba más asiduamente, forjaba, codo con codo con Manuel Azaña y otros contertulios, consciente o inconscientemente, la historia de España, sobre todo la política y la literaria.
Manuel Tuñón de Lara dice que es un error no evocar las tertulias porque al no hacerlo se mutila "imperdonablemente la manera de ser del intectual de la época... La tertulia tenía (...) en los años treinta un "engagement" ... que desconocieron las de fines del siglo XIX" (Manuel Tuñón de Lara: Intelectuales de la Monarquía a la República, Extra especial de la revista "Triunfo", núm. 507 de junio de 1972, p. 29). Esta afirmación de Tuñón de Lara, que la creemos muy acertada, nos da pie para hablar y mostrar el entramado de relaciones personales entre las que se movía don Enrique, ya que la nómina de las personas que con él acudían, asiduamente a las tertulias, sobre todo a la del "Regina", es harto elocuente. Allí aparecían normalmente Valle Inclán, Manuel Azaña, Cipriano Rivas Cherif, Araquistáin, Martín Luis Guzmán, Melchor Fernández Almagro, Juan José Domenchina, Juan de la Encina, Álvarez del Vayo, Luis Bello, Luis G. Bilbao, Sindulfo de la Fuente y Juan Chabás; nombres a los que habría que añadir algunos más cuya presencia era más esporádica como es el caso de casi todos los miembros de la Generación de 1927. Y, para completar la nómina de amistades y círculos de debate e intercambio de ideas tendríamos también que citar a otras muchas personas que frecuentaban otros cafés a los que don Enrique iba más de tarde en tarde. Max Aub en La calle de Valverde (Barcelona, Seix Barral, 1970, p.112) se refiere a estos ambientes y cita numerosos casos concretos en los que aparece el nombre de Díez-Canedo como contertulio: "He conocido a Martínez López, (...) y a Julio J. Casal -el de "Alfar"-. Bastó el nombre de Canedo para que se desviviera. Todos son estupendos".
La presencia de don Enrique en las tertulias se debía sobre todo a su carácter abierto y a que era un hombre culto y animado y este espíritu comunicativo suyo es el que influyó decisivamente para que sus relaciones no se circunscribieran a estos ámbitos que, aunque interesantes, como hemos dicho, no son imprescindibles ni únicos para evocar la cultura española de aquellos años. Por eso, don Enrique colaboró activamente en la gestación y en la elaboración material y como escritor en las principales revistas y periódicos de la época.
La historia de esta faceta suya comienza en "El Liberal" en donde publica en 1903 una poesía recién premiada por el periódico. A ésta, siguen otras en la revista "Renacimiento" y poco después sus actividades periodísticas no se limitan a las ya dichas sino que se amplían a las de crítico plural y polifacético. Así, colabora como crítico de poesía en la revista "La Lectura", como crítico de arte en el "Diario Universal" y en el "Faro", publicación que llegó a ser portavoz del pensamiento de jóvenes como Ortega y Gasset, Luis Bello, Luis de Zuleta, Adolfo Posada, Gabriel Maura y Pedro de Répide.
Díez-Canedo figura, asimismo, en la redacción de dos revistas que pueden ser indicativas de hasta qué punto don Enrique estaba incorporado al mundo de los cenáculos, tertulias, círculos y redacciones de Madrid. Nos referimos a la "Revista Latina" y la "Revista Crítica", dirigidas respectivamente por Villaespesa y Carmen de Burgos.
Juan Manuel de Prada en Las máscaras del héroe, Madrid, Valdemar, 1966, p.51, relata, con desenfado y con la libertad que le es propia a la novela, toda una historia en la que "Colombine" tiene un papel importante y en la que, rigor al margen, queda clara su polifacética presencia en el mundillo literario madrileño de la época: "Carmen de Burgos, "Colombine" (...) los miércoles, a eso de las ocho, reunía en el salón de su vivienda a un enjambre de poetas modernistas, políticos jubilados y escritores genealoides; la reunión nacía con pretensiones de cenáculo..." Y así sucesivamente: Toda una historia y un mundo de relaciones literarias y otras no tanto.
La labor de Canedo, pronto imparable y encomiable, como crítico de teatro, se inicia con la publicación de una serie de artículos en "El Globo", en 1908. Tras estos comienzos, intensos en calidad y en cantidad, Díez-Canedo tendrá, metafóricamente hablando, las llaves que abrían las puertas de los más prestigiosos periódicos y revistas de la época. A él acudían numerosas personas con la pretensión de publicar algo en "El Sol", "España", "La Voz", "La Pluma", e incluso en "Indice" y en "La Revista de Occidente", periódicos y revistas en los que Canedo fue autoridad. Solo como ejemplo de dicha autoridad e influencia recordamos que don Enrique publicó los primeros versos de León Felipe en la revista "España", como reconoce y agradece León Felipe en la dedicatoria de ¡Oh, este viejo y roto violín! que dice: "Dedicado a la memoria de Enrique Díez-Canedo, él mismo muy buen poeta. Hobre valiente y generoso que hace ahora cincuenta años me abrió las puertas de la poesía y me dijo unas palabras que no he olvidado nunca. Su fiel amigo que le quiso siempre. León Felipe". Recordamos también que ayudó a Juan Ramón Jiménez para que aparecieran en "El Sol" algunas colaboraciones suyas y que, gracias a su intercesión, Gerardo Diego publicó un poema suyo en "España". Y no se acaban aquí las ayudas, porque don Enrique remataba la faena haciendo un seguimiento de los jóvenes autores mediante la puntual noticia en reseñas y artículos críticos de las obras que éstos iban publicando, tal como sucede, entre decenas y decenas de casos que podríamos citar, con Versos Humanos de Gerardo Diego de los que hizo una fina y perspicaz crítica en "La Nación" de Buenos Aires.
La plural actividad que venimos comentando muestra cómo la labor de Díez-Canedo en el mundo de la literatura, en las tertulias y en el periodismo de la época tiene una triple orientación: la que le confirma como introductor y guía de los más jóvenes, la que le señala como alentador y mantenedor de grupos literarios que hicieron de don Enrique un gran amigo de sus amigos, que eran casi todos los escritores españoles e hispanoamericanos de entonces, y la que le confirma también como autor de críticas certeras y ponderadas sobre asuntos de actualidad literaria en un amplio sentido. Este último, el de crítico, se enmarca además en el espíritu institucionista que caracterizó a Canedo.
Directamente el institucionismo no es un poder político, sino más bien un "reformismo" al estilo del preconizado por Melquiades Álvarez o simplemente un republicanismo reformista, pero en cualquier caso una actitud afín a una democracia liberal y parlamentaria. Por eso, podemos afirmar que Díez-Canedo no es un hombre de partido, no profesa un programa de acción política concreto, sino que es un ciudadano culto, comprometido con su época e inteligente que pretende influir en todos los aspectos de la sociedad a través de la educación, de la enseñanza y de la labor de creación y de la crítica.
Su tiempo no fue fácil. Ninguno lo es. Por ejemplo, Unamuno, en "Revista Nueva", I, VIII, 1899, deja un elocuente testimonio de una actitud: el clima de enfrentamiento ideológico entre "viejos" y "nuevos". Dice Unamuno: "Las lenguas, como las religiones, viven de las herejías. El ortodoxismo lleva a la muerte por osificación; el heterodoxismo es fuente de vida". Y Valle Inclán, que también tercia en el asunto, remacha la opinión de Unamuno en favor de los "nuevos": "incapaces (los viejos) de comprender que vida y arte son una eterna renovación, tienen por herejía todo aquello que no hayan consagrado tres siglos de rutina".
Desde luego, no hay una razón absoluta, porque los enfrentamientos drásticos, las dicotomías a ultranza son poco racionales, pero, en estas circunstancias, los espíritus más clarividentes, Unamuno y Valle Inclán, como acabamos de decir, apuestan por la renovación como fórmula de progreso. Otros, como don Enrique, también participan en luchas literarias y se decantan sin titubeos por la opción que consideraban mejor, la representada por la poética modernista y, precisamente como consecuencia de su toma de postura, las pedradas de los bandos contendientes: la bondad, según unos, y la esclerosis, según otros, del Modernismo, le señalaron y les señalaron en la frente de forma indeleble.
Cansinos Assens en La novela de un literato (Madrid, Alianza Editorial) habla de la tertulia en El Motín de Nakens y dice:
"Los domingos por la mañana había misa en aquella capilla heterodoxa. La estrecha salita de la redacción rebosaba de gente y faltaban sillas en que sentarse. Aquello parecía una rebotica de café. Se fumaba, se hablaba recio, entre otras cosas porque don José estaba algo sordo, se discutía de todo, se atacaba a los jefes republicanos con menos acritud que al gobierno de la Regente, se hablaba mal de los jesuitas y de los masones y en literatura se hacía blanco de burlas y de diatribas a los académicos y a los ... modernistas.
(...) Pedro González Blanco, un jovencito moreno, un tanto regordete, con un bigotito negro y el pelo muy sentado, que vestía con pujos de dandy y fumaba gruesos puros y hablaba en un tono rayante, de superhombre, ponía a los modernistas de neurasténicos, de ignorantes, de pobres hombres atacados de grafomanía. Él era amigo de Valle Inclán y de Villaespesa y sabía a qué atenerse. Valle Inclán era un "poseur" (Nakens aguzaba el oído, poniéndose la mano junto a la oreja) y Villespesa un mentecato, un zángano, que vivía a costa de su suegro, el coronel, y se pasaba el tiempo escribiendo unas cosas que él mismo no entendía y que eran majaderías manifiestas..." (Págs. 42 y 43).
Y Luis Rius, con un tono distinto, en León Felipe, poeta de barro (Colección Málaga, México) afirma que el público aistente al Ateneo (ahora estamos en Madrid en 1920) "estaba hecho a una atmósfera poética acaparada por dos tipos de poetas: el de los continuadores de un modernismo que había perdido ya los fulgores originales, y el de los jóvenes que reaccionaban violentamente contra aquella expresión que sentían muerta, y buscaban una nueva exaltación de la metáfora inédita, inusitada, el reencuentro con la verdad poética, abiertos a todas las literaturas europeas de vanguardia: futurismo, maquinismo, dadaísmo, creacionismo, sobrerrealismo, enemigos de todo sentimentalismo como fuente de poesía, de cualquier sustento biográfico y confesional de la misma, iconoclastas furibundos: los ultraístas. Aparte quedaban unas cuantas individualidades respetadas por unos y por otros, voces únicas, inasimilables a una u otra tendencia: Unamuno, Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez" (Págs. 95 y 96).
Todo esto, sencillamente significa que la poesía y la crítica -la literatura, en general- de las tres primeras décadas del siglo XX, estaba necesitada de un guía ecuánime, de un crítico sensato, no obediente a consignas de bandos, sino culto, fino para el análisis y perspicaz en los juicios. Y este fue, sin duda, (al margen de su etapa modernista) Enrique Díez-Canedo. De ahí su papel crucial en la literatura española de su época.
Las Conversaciones Literarias de Enrique Díez-Canedo indican a las claras que fue un observador atento de la evolución de la prosa en España y leyéndolas constatamos, por ejemplo, que durante los años de plenitud de Valle Inclán y de Juan Ramón Jiménez surgió en la literatura española -probablemente en buena medida como un reflejo de los decadentistas franceses- una generación de novelistas denominada de los "eróticos" o "galantes". Se trata de una generación de novelistas en la que a la cabeza de todos ellos se suele colocar a Eduardo Zamacois, como precursor, y a Felipe Trigo como voz más autorizada. Son los prosistas eróticos de una época a la que se ha calificado alternativamente de "bella" y de "triste". La "belle époque" es también "la triste époque" y la edad del cancán, del vicio fácil, de la sensualidad complicada; pero también una época que hace el inventario de sus miserias y de sus culpas. "La carne es triste", suspiraba Mallarmé, y esta queja se desgrana como las cuentas de un rosario en las obras tiñéndolas de un pesimismo que circula por debajo de la también presente gracia y exaltación de la vida: "El eterno gemido del hombre, aguijoneado por la carne y el remordimiento, parece colorear aquella época donde todo incita al deseo y a la vez descubre que "eros" no sólo produce placer sino también soledad, desolación, melancolía, "spleen". (De Lily Litvak: Erotismo fin de siglo , p.3 y 4).
En este panorama, el de la literatura decadentista de los prosistas menores de comienzos de siglo, la literatura tiene en su haber numerosos elementos modernistas y Díez-Canedo lo ponía puntualmente de relieve en sus Conversaciones Literarias siempre que la ocasión se prestaba, bien por la publicación de un nuevo libro o bien por la aparición de un tema de debate.
Las historias de la literatura suelen limitarse a calificar la literatura erótica de esta época como "literatura menor", y por eso raras veces tienen en cuenta que parte del erotismo decadente de principios de siglo conlleva una actitud neorromántica, irracional e incluso mística; una consciente oposición al positivismo, un pesimismo absoluto, hijo de la literatura naturalista que, tras exaltar los sentidos y el goce sin límites, acepta o reconoce el hastío y el fracaso; y desde luego un enorme componente modernista en las referencias plásticas y coloristas, en la simbología musical, en la invasión sensual de lirios, azucenas y rosas para las amadas; en lo exótico de los decorados, de los ambientes, de las plantas y, en fin, en la idea modernista de que la corrupción y la muerte funden el principio y el fin, el mundo del que salimos y al que retornamos. Un mundo modernista que es el dominante en Díez-Canedo y que es un mundo inquieto que buscó por todas partes caminos de perfección, distintos a los de las ortodoxias frecuentes entonces. Por consiguiente, aunque nada más fuese por esto, por ejercer de guía con profundo respeto a las libertades y por criticar sin acideces, Enrique Díez-Canedo debería ocupar definitivamente un puesto de honor en las letras españolas.
Enrique Díez-Canedo (Badajoz, 1879 - México, 1944), es, además de una figura esencial en la historia cultural de España de la primera parte del siglo XX, uno de los valores en alza de la literatura española porque, además de gran poeta, atinado prosista y perspicaz crítico de Literatura, fue un erudito, un afamado profesor; un notable hombre de bien, progresista, liberal y comprometido, como el que más, con su época y llegó, sin hacer ascos, a alcanzar otras distinciones, la de Académico de la Lengua, por ejemplo.
En la prensa periódica, como hemos señalado, su nombre figuró entre los de más fama. Uno de los hechos notables en este quehacer fue su participación en la revista "España". El fundador y propietario de la citada revista, Luis G. Bilbao, era un fino y culto escritor afiliado al partido de Melquiades Álvarez y contertulio, en el Café Regina, de un gran número de señeros hombres de las artes, las letras y la política del momento entre los que figuraba Enrique Díez-Canedo.
La revista inicia su primera etapa en enero de 1915. Lo hace con un sello orteguiano, el de su director, José Ortega y Gasset y una tendencia, la liberal y progresista que le insuflan sus redactores: Pío Baroja, R. Pérez de Ayala, G. Martínez Sierra, Luis de Zulueta, E. d´Ors, Ramiro de Maeztu, Juan Guixé y Enrique Díez-Canedo, que era el secretario de redacción.
"España" tuvo un marcado carácter intelectual y evolucionó en su trayectoria político ideológica hacia posturas socialistas, por lo que resultó algo molesta para el poder establecido; pero, problemas o detalles de adcripción aparte, la revista contó, en arte, con las cotizadas firmas de Benjamín Palencia y la de Salvador Dalí y, en temas literarios, la de Díez-Canedo fue una de las más significativas por su prestigio y porque se repite en aproximadamante medio centenar de artículos, cifra nada desdeñable.
Una gran parte de los escritores que redactaban la revista "España" formarían el núcleo originario de la plantilla de "El Sol", probablemente el periódico que desde su aparición en 1917 consiguió mayor prestigio entre los lectores de la prensa de entonces. Y la de Díez-Canedo es una de las firmas más presente en las secciones de crítica literaria y de noticias actualidad relacionadas con la cultura en general.
"El Sol" era un periódico hecho por liberales, burgueses e intelectuales y sus lectores pertenecían fundamentalemente a la clase media; unos y otros, redactores, autores y lectores, tenían una meta común: la de la regeneración de España y este ideario que impregnaba la redacción del periódico acercó a Enrique Díez-Canedo a instituciones y movimientos afines ideológicamente como la Institución Libre de Enseñanza y la Junta para la Ampliación de Estudios, el Instituto Escuela, la Residencia de Estudiantes y la Liga de Educación Política, esta última en línea con las directrices trazadas por Ortega y Gasset en su famoso discurso de marzo de 1914, titulado "Vieja y nueva política".
Con parecida orientación (la de "El Sol" y la de las instituciones citadas), don Enrique va a colaborar en "La Voz", periódico de tarde que pertenecía a la misma empresa de "El Sol". Allí E. Díez-Canedo hizo diariamente la sección titulada "La Cena de las burlas" en la que comentaba con tono, entre irónico y jocoso, algún tema de interés artístico, literario o político, preferentemente.
El número de homenaje a Enrique Díez-Canedo de la revista "Litoral", núm. 33-34, octubre-noviembre-diciembre, 1972, (reproducción del número de México de 1944), hay un artículo titulado "El soneto de La Voz", págs, 26 y 27, firmado por Paulino Masip que dice: "Don Enrique solía llegar a la redacción de La Voz entre doce y una de la tarde. Entraba con su andar de pasos breves y rápidos, todo él blanco y sonrosado, abierta la sonrisa, los ojos vivos tras los lentes que con el tiempo adquirieron aros de concha y se hicieron gafas, el sombrero en la mano, el traje gris, alba la camisa y el cuello planchado con la corbata ligeramente desencajada... Los redactores lo acogían con alborozo cordial e, instantáneamente, se producía un múltiple suspiro de alivio como si la presencia de don Enrique viniera a poner unas gotas de luz en las sombras de su trabajo de todos los días".
"La Voz" se creó en 1920 y ese año Manuel Azaña funda "La Pluma", revista literaria mensual en la que Díez-Canedo también jugó un papel importante.
Don Manuel Azaña tuvo una prensa al servicio de unos ideales políticos, los suyos, los republicanos y otra prensa vinculada a sus aficiones, a la creación y la crítica literaria. Esta última está representada por "La Pluma", revista que tuvo su sede en el propio domicilio de Azaña, como si fuese, y sin duda lo era, uno más de la familia.
Por un artículo que publicamos con el título de "Presencia de Díez-Canedo en "La Pluma" de Azaña", "Salina", (Revista de Letras), núm. 7, diciembre de 1993, págs. 67-70, comprobamos que los principales colaboradores, entre los que se cuentan por orden de mayor a menor importancia, según su presencia en la revista, Ramón Gómez de la Serna, Ramón M. del Valle Inclán, Cipriano Rivas, Mario Puccini, Adolfo Salazar, Jorge Guillén, Ricardo Baroja, Ramón Pérez de Ayala, Enrique Díez-Canedo, Miguel de Unamuno y otros cuantos más, comprobamos -repito- que todos ellos estaban vinculados por lazos de amistad a don Manuel Azaña y que forman un elenco de firmas de autores señeros de tres generaciones literarias: la del 98, la del 14 y la del 27: todo un conjunto de plumas representativas de las letras del momento entre las que, según Juan Marichal, en el Prólogo a las Obras Completas de Manuel Azaña, México, Oasis, 1966, la de Díez-Canedo era una de las que más destacaban.
Lo mismo que sucedió con "La Voz" y con "La Pluma" en 1920, al año siguiente Díez-Canedo colaboró con Juan Ramón Jiménez en la realización de la revista "Indice". Lo hizo también en aras de una amistad, ya sólida, que Juan Ramón apreciaba y a la que correspondía siempre que se le presentaba la ocasión. Así, cuando la editorial Espasa Calpe le consulta a Juan Ramón sobre la persona más idónea para preparar un Manual de Historia de la Literatura española e hispanoamericana, contesta que Canedo es el mejor y el crítico más ponderado de la España de entonces. Del mismo modo, Juan Ramón propone el nombre de don Enrique para un trabajo literario permanente en Estados Unidos y no duda, cuando éste le pregunta, en recomendarle a Fitzamaurice Kelly el nombre de Canedo, por ser uno de los más señeros de la poesía modernista. Es decir, que entre ambos había una amistad fructífera literariamente hablando y permeable en ambos sentidos, según comentamos en un artículo al respecto, el titulado "Juan Ramón Jiménez y Enrique Díez-Canedo. (Notas sobre una amistad)", Madrid, "Insula", julio-agosto de 1981.
El 18 de julio de 1923 José Ortega y Gasset funda la "Revista de Occidente" y de nuevo vemos el nombre de Díez-Canedo firmando los artículos titulados "Shelley", "Azorín y la política", "La hija de Natalia", "España nervio a nervio", "José Gutiérrez Solana, pintor de Madrid y de sus calles", etc.
Por otra parte, ya en plena guerra civil, cuando los ánimos estaban menos propensos a la meditación y al sosiego, colabora en "Hora de España", participa en el Segundo Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura y dirige la revista "Madrid". Y hay que añadir, si queremos formarnos una idea aproximada de su significación cultural en el campo del periodismo literario, que un gran número de sus colaboraciones se publicaron en periódicos y revistas del extranjero: "La Nación de Buenos Aires" es, sin duda, el destino de la mayor parte de los artículos suyos, de los no publicados en España.
Precisamente esto nos permite recordar que Díez-Canedo pasó casi un tercio de su vida fuera de España.
La primera salida importante corresponde a su estancia en París durante los años 1909 a 1911, en un período álgido de lo parisino en el mundo porque la capital francesa era el crisol donde se fundía la cultura universal. Canedo realiza allí un doble papel: el de Secretario del Embajador de Ecuador y el de observador atento, ya que es una persona culta y preocupada por las novedades y por las tendencias más recientes en literatura y en arte, sobre todo. Por ello, consolida relaciones, que ya habían dado frutos interesantes, con revistas francesas como la Nouvelle Révue Française y el Mercure de France.
Cuando en 1907 se publicó en España El Nuevo Mercurio, se declaraba en el artículo inaugural que pretendía parecerse al Mercure de France y servir de puente entre la intelectualidad española y la hispanoamericana. Y no solo eso, sino que, coincidiendo con el modelo, publica numerosos artículos de crítica literaria y de creación. Todo un espíritu que irradiaba al mundo de la cultura desde París.
María Martínez Sierra en Gregorio y yo. Medio siglo de colaboración (México, Biografías Gandesa, 1953, p. 204) comenta a las claras cuál era la mentalidad tipo de los españoles que procuraban darse una vuelta por París e impregnarse del espíritu de la ciudad: "Yo, española, joven, (...) venía de un país decaído, derrocado de todos sus orgullos...". Es decir, que los españoles que huían hacia París lo hacían con la intención de sacudirse el polvo provinciano, de darse un baño de cosmopolitismo y tolerancia. "Era París (dice E. Zamacois en Un hombre que se va, Buenos Aires, Rueda, 1969, p. 184) la que me comunicaba aquella inquietud abierta a todas las curiosidades (...) y su ambiente liviano, lleno de sonrisas de Voltaire y de France, le quitaba a los sucesos más turbios su ingrata gravedad".
Era París el destino, la patria, aunque provisional, de todo ser inteligente; era la capital del mundo civilizado, el aire de la bohemia y de la libertad y Díez-Canedo que, desde siempre, estaba dando muestras de su espíritu abierto y universal, es uno de los españoles que optan por la vida cosmopolita a orillas del Sena.
El Real Decreto de 11 de enero de 1907, por el que se crea la Junta para la Ampliación de Estudios, se hace vinculado al espíritu de la Institución Libre de Enseñanza y al universal de la cultura parisina. Por eso, la Junta otorga becas para investigación en el extranjero: Francia y Alemania, sobre todo. De ahí que personajes como Manuel Azaña realizasen, becados, investigaciones y de ahí la naciente y después consolidada, como ya hemos visto, amistad de Díez-Canedo y Manuel Azaña, amistad y relación que es solo una muestra de la comunidad de espíritu y de una actitud intelectual que compartían muchos becados y residentes en París.
Para el caso particular de Díez-Canedo quedan, además numerosos trabajos de esta etapa: Su libro de versos, La sombra del ensueño, 1910; otro de versiones poéticas, Imágenes; una Antología de poetas portugueses de la editorial Excélsior de París y La poesía francesa moderna. Antología ordenada y anotada por Enrique Díez-Canedo y Fernando Fortún, que se gestó en Francia y se publicó en Madrid en 1913 y que reúne traducciones de poetas franceses, realizadas por las mejores plumas del momento.
Ya de vuelta a Madrid, su dedicación permanente tiene relación con su estancia en Francia porque es nombrado profesor de Elementos de Historia del Arte en la Escuela de Artes y Oficios de Madrid y de Lengua y Literatura Francesas en la Escuela Central de Idiomas.
Éste que acabamos de explicar es el primer puente estable que tiende con el extranjero Enrique Díez-Canedo. El último y definitivo es el del exilio mejicano.
Prácticamente entre los dos extremos (primera y última salidas) queda una rica biografía personal de este pacense ilustre. Volvemos a reiterar que una excelente persona como lo demuestra el aprecio y la amistad que tuvo con numerosísimos personajes de la elite cultural, un hombre que llevó a cabo una intensa y acertada labor como crítico, sobre todo de teatro y que destacó como traductor, como poeta y como impulsor de numerosas empresas editoriales, tal como se aprecia en los centenares de artículos que escribió, en las traducciones de Enrique Heine, de Eugenio d´ Ors, de Walt Whitman, en los libros de poesía en una época de cambio en los gustos estéticos y en la no suficiente ponderada labor en El Sol, La Voz, España, La Pluma, etc.
Todas estas actividades se vieron interrumpidas porque en un momento dado, octubre de 1938, Díez-Canedo se unió a otros muchos. Salió para Méjico donde formó parte de un auténtico grupo de sangría intelectual española.
México fue el país más generoso con los exiliados españoles. En junio de 1937 acogió a 500 niños evacuados de la zona republicana; en 1938, a propuesta del escritor y diplomático Daniel Cosío Villegas, invitó a un grupo de intelectuales en el que, según nuestros datos, figuraría Enrique Díez-Canedo a proseguir sus trabajos en un Centro fundado "ad hoc", La Casa de España en México. Y, poco después, debido a las penurias de muchos españoles en Francia, la emigración fue numerosísima porque el Presidente de México, Lázaro Cárdenas, decidió admitir a todos los que llegaran a su país. Por ello, el 1 de junio de 1939 desembarcaron en Veracruz 312 emigrantes, el 13 de junio llegaron 1599 y así sucesivamente hasta los aproximadamente 15.000 españoles que constituyeron la cifra global de los que llegaron a México.
En El exilio español de 1939. La emigración republicana de Vicente Llorens (Madrid, Taurus, 1976), Díez-Canedo está contabilizado como poeta, al lado de otros muy significativos: León Felipe, José Moreno Villa, Juan Larrea, Juan José Domenchina, Ernestina de Champourcín, Emilio Prados, Pedro Garfias, Luis Cernuda y un largo etc.
Carlos Martínez, en Crónica de una emigración (México, Libro Mex Editores, 1959) destaca a Díez-Canedo por su aportación a la cultura mexicana en diversas y variadas manifestaciones que vamos a concretar a continuación.
Profesionalmente, su labor asidua y continuada durante el exilio consistió en impartir clases en la Universidad y conferencias en la Casa de España, hoy Colegio de Méjico. La revista "Lumen", núm. 2 de 1939 da noticia de las actividades en Guanajuato de "La Casa de España en México" y anuncia a Enrique Díez-Canedo que se va a ocupar de "Figuras y Géneros de la Literatura Hispano-Americana". El anuncio va precedido de una nota introductoria que dice:
"Durante el año escolar de 1939, gracias a los empeños de la Dirección General de Estudios Superiores y a la generosa oferta del señor Daniel Cosío Villegas, miembro del patronato de aquella institución, el Colegio del Estado recibirá a distinguidos escritores hispanos, quienes, en forma de "cursillos" de cuatro o cinco conferencias, desarrollarán los temas..." (Se trata de la de Díez-Canedo, que hemos citado y otras).
En el mismo núm. 2 de la citada revista "La Casa de España en México" da cuenta de las actividades en el Colegio del Estado. Se trata del cursillo que sobre "Figuras y momentos de la Literatura Hispano Americana" va a impartir durante los días 27, 28, 29, 30 y 31 de marzo (1939) el "eminente" (así) escritor español Enrique Díez-Canedo.
Por esto hemos dicho que su labor en México como conferenciante "distinguido" y "eminente" es asidua y continuada, porque, por las muestras vistas, sabemos que prosiguió su acertada labor de difusión de la literatura.
Como escritor en esta etapa mexicana, registra varios títulos importantes y un elevado número de colaboraciones en revistas y periódicos.
Se pueden incluir en el primer grupo los libros siguientes:
El teatro y sus enemigos, publicado por la Casa de España en Méjico, en 1939.
La obra consta de cuatro partes: El cinematógrafo, el actor, el autor y los enemigos menores y aliados. Trata "grosso modo", de las relaciones del teatro con el pujante arte del cine y enlaza con los artículos anteriores de Díez-Canedo, los de El teatro español de 1914 a 1936, según afirma Pérez Bowie en su colaboración en El escultor Julio Antonio. Ensayos de aproximación, (Diputación de Tarragona, Tarragona, 1990, p. 123), cuando dice:
"Las reflexiones a las que aludo constituyen un amplísimo y hetorogéneo conjunto integrado, de una parte, por los textos de profesionales de la crítica periodística de la talla de Enrique Díez-Canedo o de Enrique de Mesa, quienes elevaron la categoría de un género efímero a una altura intelectual que convierte sus crónicas en documentos indispensables para la comprensión cabal del teatro español de esos años. Por otra parte, está la labor teórica englobada en los ensayos que intelectuales y escritores prestigiosos como Azorín, Ramón Pérez de Ayala, Ricardo Baeza, Luis Araquistáin, Eduardo Zamacóis, Jacinto Benavente o Ramón J. Sender entre otros, dedicaron al fenómeno teatral".
De 1940 es un breve libro de poesía: El Desterrado.Poemas en el que se pone de relieve un nuevo ( en Díez-Canedo) acento poético.
Al año siguiente aparecieron una Antología de la poesía española contemporánea y Las cien mejores poesías españolas del destierro; el primero en colaboración con Juan José Domenchina. Del segundo da cumplida noticia James Valer, del Colegio de México, en un número de "Insula", el 627, marzo de 1999, dedicado al "Exilio literario español", págs.24-26.
James Valer afirma que Las cien mejores poesías españolas del destierro "formaba parte de un proyecto mayor que emprendieron en México los dos jóvenes exiliados Francisco Giner de los Ríos y Joaquín Díez-Canedo, (que) dicho proyecto consistía en la edición de una antología de la Poesía española (del siglo XIII al XX) en tres volúmenes prologada por el poeta mexicano Enrique González Martínez, (que) los dos primeros tomos fueron preparados por Joaquín Díez-Canedo y el tercero (el de la poesía del destierro) por Francisco Giner" (p.23). El mismo James Valer es quien, al explicar el carácter y el contenido de Las cien mejores poesías españolas del destierro cita los nombres de los poetas antologados: Enrique Díez-Canedo, Juan José Domenchina, Concha Méndez, Pedro Garfias, Juan Gil-Albert y otros.
Finalmente, en 1944, año de su muerte, citamos tres títulos, muy distintos entre sí:
-Jardinillos de Navidad y Año Nuevo, que es una reunión de poesías de Canedo, hecha, como homenaje, por su hijo Joaquín y que lleva una portada de José Moreno Villa.
-Juan Ramón Jiménez en su obra, que es una reunión de estudios sobre Juan Ramón Jiménez, en particular, y sobre el modernismo en general.
-Letras de América, que reúne una parte de los artículos que escribió sobre Literatura hispanoamericana en revistas y diarios como España, Revista de Occidente, El Sol y La Voz en una época en la que sólo unos pocos espíritus lúcidos se ocupaban de la cultura de la hispanidad.
Letras de América consta de cuatro partes y un apéndice. La 1ª parte se abre con el Discurso de recepción en la Academia de la Lengua Española, leído por Díez-Canedo en sesión pública el 1 de diciembre de 1935, con el título de Unidad y diversidad de las Letras hispánicas. Es un comienzo y una defensa de la universalidad que tiene su correlato en el Apéndice, donde recoge el titulado "Filipinas en el confín del mundo hispánico" y en el que se viene a mostrar que el español es una lengua que, a manera de vasos comunicantes, circula, con matices y peculiaridades, por toda la comunidad de hablantes.
Ahora, cuando hay dirigentes políticos en España que, dando muestras de raquitismo mental, intentan desterrar de parte de España el español y perseguir y multar a los que lo hablan, ahora digo, es cuando adquieren más hondo significado las palabras finales de Enrique Díez-Canedo, las que cierran su discurso de recepción en la Academia Española, las que dicen que "importa coordinar el esfuerzo de todos, y, reconocida la indeleble personalidad de cada uno, respetada su voluntad manifiesta o tácita de diferenciación, no olvidar tampoco los lazos de unidad que se afirman, a través de los tiempos, con inquebrantable solidez, creándonos, por encima de particularismos, un alto espíritu común, y entre los cuales el más vivo, el más noble y más que ninguno sagrado, está el habla de veinte naciones: la lengua española" (P. 40 de Letras de América, edic. del Fondo de C. Económica).
El resto de su vida mejicana reproduce aficiones muy hondas suyas. Reorganiza su vida según las mismas pautas e intereses que había tenido en España: Continúa sus tareas docentes en la Universidad y en la Casa de España, publica numerosos artículos, sobre todo de crítica teatral, participa en tertulias, particularmente en la del Café Colón y colabora en periódicos y revistas como El Nacional, Excelsior, Litoral, Tierrra Nueva, España Peregrina, Romance, Revista de Literatura Mexicana, Lumen, Revista de las Indias, La pajarita de papel, La Gaceta del Caribe, Hijo Pródigo y Cuadernos Americanos. Y no olvida el cultivo de viejos y nuevos amigos: Max Aub, Juan José Domenchina, José Luis Martínez, etc.
En suma, Díez-Canedo fue en el exilio toda una encarnación de tolerancia, a pesar de la separación traumática de España. Max Aub en Pequeña y vieja historia marroquí dice que murió casi feliz, aunque hubiera sido más de haber sabido que su muerte coincidió con el desembarco de Normandía: día de libertades. Y nosotros en el artículo titulado "Final americano de una vida puente entre España y México", publicado en la "Gaceta Universitaria" de la Universidad Autónoma de Chihuahua, año I, núm.2, Chihuahua, México, p.38, ponemos de relieve que "durante bastante tiempo Alardo Prats, Jesús Bal y Gay, Rafael Sánchez de Ocaña, Angel Lázaro, Salvador Novo, Leopoldo Ramos, Rafael Heliodoro Valle, José Mancisidor, Ermilio Abreu, Francisco Monterde, José Luis Martínez, Juan Marinello y otros no dejaban de recordar a través de sus artículos en la prensa periódica hispanoamericana que la pérdida de don Enrique no se reducía a un hecho doloroso para los amigos sino que todos los pueblos de habla hispana perdíamos un maestro"
Su buen amigo, el poeta León Felipe, puesto ya un pie en el estribo del caballo de la muerte, 1965, escribió, como ya hemos dicho, un libro de poemas titulado (Oh, este viejo y roto violín!. Lo dedicó " a la memoria de Enrique Díez-Canedo, él mismo muy buen poeta".
Precisamente la afirmación de León Felipe: "él mismo muy buen poeta", nos devuelve la atención a sus libros de poesía.
Enumeramos, en primer lugar, sus libros de creación poética. Son los siguientes: Versos de las Horas,1906; La Visita del Sol, 1907; La Sombra del Ensueño, 1910; Algunos Versos, 1924; Epigramas Americanos, 1928 y El Desterrado, 1940. Después de muerto, su familia dio a la luz otros dos libros en los que se reunían poesías ya publicadas y algunas composiciones poéticas inéditas hasta entonces: Jardinillos de Navidad y Año Nuevo, 1944 y Epigramas Americanos (segunda serie), 1945.
Mención aparte merecen otras poesías suyas que han aparecido sueltas en diversas revistas y periódicos y, aunque es difícil precisar su número, parece que no es muy elevado, sobre todo si tenemos en cuenta que poco a poco Canedo las fue incorporando al conjunto de las que integran los libros anteriormente citados, tal es el caso, por ejemplo de Oración de los débiles al comenzar el año, poesía compuesta inicialmente por Díez-Canedo para el concurso poético que convocaba "El Liberal" y con la que obtuvo en 1903 un premio que supuso el espaldarazo público de su autor como poeta. La poesía después pasó a integrar el conjunto de las que aparecieron en La Sombra del Ensueño, 1910.
Por otra parte, se viene repitiendo por la crítica que Díez-Canedo publicó, anónimos, en "La Voz", con el título genérico de "La Cena de las Burlas", una serie de sonetos en los que hacía un comentario entre irónico y humorístico de algún suceso de actualidad que llamaba su atención. Esto no es exacto. La mayor parte de los comentarios publicados están en prosa y de los que aparecen en verso suelen estar escritos en otras formas estróficas, no en sonetos. Y, en cualquier caso, el móvil por el que se gestaron estos poemas no es el que anima la creación poética propiamente dicha. El siguiente texto, no ajustado a la realidad de los hechos, de Paulino Masip, es el que ha difundido la inexactitud de lo de los sonetos en "La Cena de las Burlas":
"Sin dejar de hablar, don Enrique, sentado ya a una mesa, habitualmente la mía, en frente de mí, espigaba en los diarios. De pronto su sonrisa de abría más, sus ojos, ahora sin cristales, chispeaban regocijados, sacaba la estilográfica, requería una cuartilla... Un cuarto de hora después, en la taza quedaba un poso negro y don Enrique me pasaba la cuartilla rayada por catorce renglones de once sílabas. Don Enrique había escrito en un soneto un comentario irónico a un suceso de actualidad para "La cena de las burlas", sección que redactaba anónima y diariamente desde la aparición de "La Voz". Eran catorce versos impecables de forma, sin una enmienda, sin una tachadura, magistrales". (Paulino Masip: "El soneto de La Voz", "Litoral", México, D. F., 1944, p.27).
Ahora parece razonable, para hablar ordenadamente de su poesía, referirnos a Versos de las Horas, La Visita del Sol y La Sombra del Ensueño como grupo, ya que se trata de libros con una cierta coherencia interna derivada del tipo de poesías que los forman. En ellos, Díez-Canedo, con un sentido humanitario universal de felicidad y de libertad para sí y para todos los demás hombres, canta sin estridencias los acordes románticos y acompasa su ritmo al de Espronceda, Gómez de Avellaneda, Byron, Scott y Chateaubriand. Pero Díez-Canedo no se queda en estos acordes, sino que se esfuerza, como dijo en una autocrítica, en ser un poeta enteramente de hoy y en decir siempre la verdad poética; por eso algunas composiciones suyas recogen también otros variados registros que iremos viendo, pero particularmente la sensibilidad modernista y las preocupaciones típicas de los noventayochistas.
En realidad, Canedo compuso versos de corte parnasiano, pero sin las concesiones a la facilidad y blandura en la que cayeron algunos por abusar de los grandes temas comunes; luego se embarcó en la orientación modernista, aprovechó sus conquistas técnicas y compartió algunos motivos y temas, como los cisnes, las fuentes, los jardines y los mitológicos faunos. Al hacerlo, no estaba, ni mucho menos, lejos de Antonio Machado con su andar a vueltas con el tiempo, con la muerte, con la infancia perdida, con el recuerdo, con los paisajes (fuentes y jardines), con el amor y con los universales del sentimiento; y tampoco estaban lejos de ambos (Canedo y Machado) resonancias orquestales de Rubén Darío como se puede apreciar con la lectura de dos fragmentos de poemas que citamos a continuación. El primero es el titulado "Recuedo Infantil" de A. Machado y dice:
"Recuerdas, hermano?... los mirtos talares,
que ves, sombreaban los claros cantares
que escuchas. Del rubio color de la llama,
el fruto maduro pendía en la rama".
El segundo es de Díez-Canedo. Aparece en el poema "Profesión", perteneciente a La Sombra del Ensueño. Dice:
"Y en ella, de nuevo: -Resuenan clarines
y te apoltronas? Piafantes caballos
vuelan, tendidas al viento las crines;
chispas arrancan los férreos callos."
El tercero, "La Marcha triunfal" de Rubén Darío del que, evidentemente proceden las resonancias de A. Machado y Díez-Canedo, tanto por los "claros clarines", las "asperas crines" y el "oro y hierro" como por la orquestación musical de los versos.
"¡Ya viene el cortejo!
¡Ya viene el cortejo! Ya se oyen los claros clarines.
La espada se anuncia con vivo reflejo;
ya viene, oro y hierro, el cortejo de los paladines.
Ya pasa debajo los arcos ornados de blancas Minervas y Martes,
los arcos triunfales en donde las Famas erigen sus largas trompetas,
la gloria solemne de los estandartes,"
A los rasgos anteriores -la sensibilidad y los temas comunes entre Machado y Canedo poetas- hay que añadir una no casual coincidencia cronológica en sus publicaciones: 1906, 1907, 1910 y 1924 para los libros que ahora nos ocupan de Díez-Canedo; y 1907 para Soledades, Galerías y otros poemas , 1909 para los primeros Proverbios y cantares, 1912 para Campos de Castilla y 1924 para Nuevas Canciones de Antonio Machado. El ser hijos de un mismo tiempo tiene un sello de identidad que los relaciona.
Comunidad temática, comunidad de sentimientos en los poemas, comunidad orquestal en el tono y comunidad cronológica en la producción, pero vamos a seguir rastreando cómo se concretan en el poema los temas y los ritmos, herencia de Rubén, que comparten Machado y Canedo.
María Pilar Palomo dice que "en el difícil camino de la materia al símbolo, la poesía de Machado, como la de Fray Luis, como la de Lope a veces, sus grandes admiraciones, se ofrece como un engañoso mensaje de lenguaje referencial".
A nosotros se nos antoja que en la enumeración de poetas faltan algunos, el de Enrique Díez-Canedo, por ejemplo, porque los símbolos presentes en Machado, que también están en Díez-Canedo, hacen que el lector trascienda lo puramente denotativo para llegar a unas relaciones, a una "connotación en la que reside la emoción poética del mensaje". (Los dos textos que acabamos de citar pertenecen a María Pilar Palomo: Estudio crítico de la Poesía de Antonio Machado, Madrid, Narcea S.A. de Ediciones, 1974, p.53). De esta manera tendríamos una conexión entre Rubén Darío, A. Machado y Díez-Canedo y una línea poética, un tono, que hinca sus raíces en Fray Luis de León.
Con todo lo que llevamos dicho hasta aquí, nos parece que debemos hacer ya como una gavilla para, a partir de ella, abrir nuevas ideas y reseñar los caminos por los que discurre más específicamente la poesía de Canedo en los libros de los que ahora nos estamos ocupando: Versos de las Horas, La Visita del Sol, La Sombra del Ensueño y Algunos Versos, como compendio de los tres primeros. Y, consecuentes con esto, nos encontramos con que Canedo supo incorporar a su poesía, en el momento oportuno, lo personal, lo cotidiano, lo íntimo y lo sencillo; y dignificar lo vulgar: un perro, la leña, un sillón viejo. Su sentido crítico y su conocimiento de la literatura le permitían armonizar lo clásico con las más modernas orientaciones poéticas procedentes de los principales poetas franceses, portugueses y españoles, como Juan Ramón Jiménez, Ramón Pérez de Ayala, Unamuno, Manuel Machado y el ya citado Antonio Machado y fueron acercando su obra lírica a lo popular y a lo simbólico e impregnándola, a veces, de un suave humor, una leve ironía y una música muy equilibrada, como sucede en el poema Invocación de Versos de las Horas:
"Alegrías ardientes, explosión de la rosa,
canto del ruiseñor, risa de la mujer,
clavaos en lo más profundo de mi ser
y dadme vuestra vida desbordante y gloriosa.
Alegrías humildes, humareda de hogar,
infantil balbuceo, borbollar de la fuente,
acariciad con suaves aleteos mi frente;
dadme un sueño de calma y un suave despertar.
Dolores que aborrece la muchedumbre incrédula,
dadme el grano de sal oculto en vuestra médula,
el germen de esperanza que en vos anida.
¡Oh alegrías, oh penas, fervoroso os espero!
purificadme y exaltadme, porque quiero
traducir en mis versos la prosa de la vida."
Puede parecer exagerado cuanto estamos diciendo, pero no lo es tanto si se contempla a la luz de recientes afirmaciones de Luis Antonio de Villena en las que leemos y comprobamos que lo característico de la poética finisecular está presente en los poemas que ahora nos ocupan de Enrique Díez-Canedo.
Luis Antonio de Villena afirma que "Noventayocho, modernismo, prerrafaelismo, parnasianismo, "art nouveau", impresionismo (...) son sólo vectores, "items" parcelas -más o menos fructíferas o significativas- de una gran crisis, que es más entendible nombrándola (en el ámbito de la cultura occidental) "Edad Simbolista". España (...) no faltó, en absoluto, a la cita." (De Luis A. de Villena: "El 98 es simbolista", en "Insula" , núm. 614, de febrero de 1998, p. 12).
Si analizamos la cita precedente, nos percatamos de que los rasgos de la poesía de don Enrique se hallan en la poética finisecular. Lo único que varía es la concreción, la materialización en el poema concreto.
Y, porque la figura de Díez-Canedo no es tan habitual ni recibe tanta atención crítica como otras de la época, pero si cambiamos el nombre de Villaespesa por el de Enrique Díez-Canedo en un estudio de Francisco J. Díaz de Castro sobre "La poéticas del Fin de Siglo", la argumentación crítica seguiría siendo perfectamente válida.
Díaz de Castro dice que Villaespesa "con sus logros y también con sus excesos y con el acarreo de muy diversos estímulos ajenos evidencia y detalla el sincretismo estético (de la poesía) a la hora de tratar determinados temas y de experimentar con las palabras y con la métrica". (F. J. Díaz de Castro: "Francisco Villaespesa y las Poéticas del Fin de Siglo", en "Insula", núm. 614, de febrero de 1998, p. 12).
Nosotros pensamos que se puede ir más allá. Al "sincretismo estético" que se refiere Díaz de Castro, podríamos añadirle el sincretismo temático, porque Díez-Canedo se interesa, como lo hicieron los del 98, por la historia, pero no la de los grandes hechos, ni la de los héroes, sino la de las vidas humildes, la de las gentes anónimas, la de los acontecimientos cotidianos como aparece, por ejemplo, en la "Bienvenida al invierno" o en el "Paseo provinciano" de Versos de las Horas; pero, a la vez, en este mismo libro nos encontramos con un poema, "Canciones de brujas" que tiene evidente relación con los intereses modernistas por el ocultismo, el misterio y las doctrinas panteistas que están presentes en el poema "Paseo provinciano":
Paseo provinciano,
con dos o tres estatuas
que fueron de la corte
desterradas;con macizos de evónimos
que uniformes se alargan,
con castaños de Indias,
con acacias;con un café desierto,
con una murga rancia
que al aire da mazurcas
olvidadas;con un corro de viejos
que, terciando las capas,
platican de elecciones
o de caza;con un corro sedente
de matronas que hablan
de bodas o novenas;
con muchachasque pasan cogidas
del brazo -sus palabras
parece que en el aire
se remansan-muchachas de caritas
atónitas y sanas-
seguidas de sus novios
a distancia...¡Qué triste es el paseo!
Su animación, ¡qué lánguida!
Paseo: ¿qué temores
te acobardan?Parece que un enorme
silencio se apelmaza
sobre ti, sofocando
tu algazara...Quiero dejarte. Quiero
volver a la postrada
ciudad, que al lado tuyo
se aletarga,y al trasponer el cinto
de sus torvas murallas,
vagar por la tristeza
de sus plazas;entrar en las vetustas
iglesias, cuando acaba
la luz y se retiran
las beatasy el sacristán, furioso
por la importuna entrada,
las llaves agitando
pasa y pasa.Ya en el pálido cielo
sus primeras miradas
las tímidas estrellas
entrelazan...Y al salir, anheloso
de aventuras románticas,
recorrer las callejas
empinadas,sobre las que gravitan
-apariciones trágicas-
las muecas imponentes
de las gárgolas..."
Como se observará, todos los juicios críticos, tanto los propios como los que derivan de opiniones ajenas que hemos traído aquí a colación, coinciden en que los libros de poesía de Díez-Canedo a los que nos estamos refiriendo reúnen varias tendencias poéticas: no son libros clasificables en un movimiento concreto y único.
Con la poesía de Canedo nos encontramos en una situación similar a la de la prosa de la época, sobre todo la de las Colecciones de novelas cortas, "El Cuento semanal", 1907 y "Los Contemporáneos", 1909, que son colecciones de novelas variopintas, escritas por autores a los que calificamos de epígonos porque hallamos una mezcla de tendencias: romanticismo, realismo, naturalismo, modernismo... con un resultado original y sugerente.
No hemos hablado, refiriéndonos a los poetas de esta época, de poetas epígonos en el sentido de que su poesía reúne orientaciones varias, pero el caso es innegable. En Díez-Canedo nos encontramos con poemas que derivan de un modernismo sonoro rubendariano, otros de un modernismo afrancesado, imitación de escuelas francesas: simbolismo y parnasianismo. Los hay que recuerdan cierto romanticismo decadente, con sordina y tonos apagados: más misterio y música suave y melancólica que exaltación pasional y exageraciones formales. No están ausentes el tono y ciertos temas típicos de la poesía juanramoniana en sus comienzos y, hablando de tonos y de temas, también encontramos la poetización de lo vulgar, lo popular, los motivos urbanos. Y, en la forma, un gusto por la sencillez clásica y la imitación de estrofas de tipo tradicional: romances, cuartetos, sonetos, etc: Poesía no ajustada a un molde único, desde luego.
Si ahora enfocamos el análisis de sus tres primeros libros de poesía desde la óptica de críticos contemporáneos suyos, tenemos que reafirmarnos en lo dicho hasta aqui. Vamos, por ello, y para corroborarlo fehacientemente, a ofrecer dos fragmentos de estudios realizados, el primero por Juan Mas y Pi y el segundo por Rufino Blanco Fombona, ya que sus acertados comentarios hoy no son fáciles de localizar en las bibliografías usuales.
Mas y Pi afirma que, cuando existe, el "romanticismo de Díez-Canedo es producto de la tristeza que infunden los eternos horizontes de la vida vulgar, ensueño de espacios nuevos, ansias de liberación moral que no hallándose compensados en la materia buscan su legitima expansión en lo espiritual.
Como en otros poetas, esa espiritualidad de sentimientos se traduce en una vaga añoranza, en una dulce simpatía hacia todo lo suave de la vida, y de ahí las tonalidades grises que difuminan ciertas agresividades del pensamiento, dándole un encanto excepcional en medio del concierto de rudezas con las que la fiera musa de hoy ha conturbado la apacibilidad del vivir sin ideales concretos que es el nuestro. (...)
Díez-Canedo no rehuye la vida con todos sus problemas, angustias y torturas. Lo que hace es olvidar la parte triste, fea y dolorosa, para ver solamente la que está en su temperamento, la que contiene belleza, serenidad, perfección. Por esto pasa por encima de las fealdades, sin contamimarse con la serenidad de los que no aceptan el lote de dolor que les corresponde en suerte, y que, aun cuando se vean en la obligación de arrastrar consigo, tratan de olvidarlo con los encantamientos de ese mago supremo que es el arte." (Juan Mas y Pi: "Los nuevos románticos. Enrique Díez-Canedo", en Letras españolas, Buenos Aires, 1911, págs. 225-232).
El otro juicio que queríamos aducir acerca de la poesía de Díez-Canedo, el de Rufino Blanco Fombona, dice:
"La moda le es adversa. Le es adversa hoy, cuando al poeta empiezan a teñírsele de prematura plata los cabellos. Ayer, cuando los lucía dorados al sol juvenil, la moda de entonces tampoco le fue por entero propicia.
El modernismo, en efecto, moda correspondiente a la juventud de este escritor, no le sedujo por entero, aunque prestó a los versos del poeta peculiares e inconfundibles encantos y enriqueció su sensibilidad. Pero Díez-Canedo -y esto no se ha dicho hasta ahora- es uno de los pocos, uno de los poquísimos poetas de su generación en España y en América a quien no cubrió por entero la inundación modernista. Sacó afuera la cabeza, como esos peñascos enormes que se yerguen en el centro de la corriente en los grandes ríos del Trópico". (Rufino Blanco Fombona: "Un poeta preterido: Enrique Díez-Canedo", en Motivos y Letras de España, Madrid, 1930, págs. 159-171).
En conclusión, si se tiene en cuenta el gran margen de error de todas las generalizaciónes, Versos de las Horas está ligado con la poesía de tipo clásico y corte modernista, La Visita del Sol tiene tres direcciones fundamentales: Modernismo, romanticismo y lo que Federico de Onís señala en varios pasajes de su Antología de la poesía española e hispanoamericana como nueva tendencia hacia el prosaísmo sentimental que poetiza la vida de la ciudad, La Sombra del Ensueño es bastante juanramoniano y Algunos Versos armoniza las orientaciones anteriores con motivos costumbristas y versos de tono medio en los que se refugian sentimientos íntimos y delicados. Que el poemario Algunos Versos armonice las tendencias anteriores es perfectamente lógico si se tiene en cuenta que este libro está formado por una serie de poemas publicados ya en Versos de las Horas, La Visita del Sol y La Sombra del Ensueño a los que se añaden otros aparecidos antes en las revistas "España" y "La Pluma", otro en un número monográfico de "La Novela Corta", el núm. 300, septiembre de 1921, dedicado a la poesía y unos cuantos más que vieron la luz por primera vez en Algunos Versos.
Después de estos tres primeros libros de poesía y de Algunos Versos, Enrique Díez-Canedo publica los Epigramas americanos de 1928 y los también Epigramas americanos de 1945. Los dos son libros muy relacionados entre sí y con la vida profesional y académica de don Enrique que, como se sabe, viajó a Hispanoamérica e hizo un recorrido por varios países hispanoamericanos, primero como conferenciante y después, con la llegada de la República, para desempeñar algunos cargos diplomáticos: Ministro de la Legación Española en Montevideo, 1933-34 y Embajador de España en Buenos Aires, 1936-37. Más tarde, ya en 1938, volvió, ahora a México, al exilio.
Pues bien, las impresiones del viajero a Hispanoamérica, las huellas de aquellas tierras, de las gentes, de los sobresaltos y de los fogonazos de cualquier tipo que llamaban su atención de hombre sensible lejos de España quedaron plasmados en los Epigrams Americanos.
Los Epigramas de 1928, contienen aciertos poéticos particulares y expresivos. En el aspecto temático, constituyen una página importante de la Literatura Española, no tanto por un tema concreto, cuanto por la visión que dan de América unida en su tierra y en sus problemas con lo español.
Se habla en estos breves poemas de los hombres, las costumbres, los países americanos, la geografía, las ciudades y del trabajo y se hace una alabanza de la belleza y del sabor típico de cada rincón de América. Las alusiones geográficas, junto con las referencias de tipo histórico, legendario, artístico y del paso del tiempo son las más usuales y enlazan con preocupaciones y consideraciones frecuentes también en otros españoles casi contemporáneos suyos, Azorín y Antonio Machado, por ejemplo.
El tono general de los poemas de los Epigramas Americanos de 1928 no es el del modernismo, aunque la métrica de los mismos tiene, globalmente hablando, ecos y resonancias de la escuela modernista. Así lo ve Tomás Navarro, quien en su obra, Métrica Española, incluye a Díez-Canedo, al hablar de los epigramas, dentro del modernismo. El razonamiento de Tomás Navarro a este respecto es muy claro y contundente. Dice: "Continuó (el modernismo) el cultivo del epigrama a base de redondillas y quintillas, simples o dobles; de pareados, tercetos o cuartetos endecasílabos, y de estas mismas formas métricas en alejandrinos, endecasílabos y otros tipos de versos (...). La mayor parte de las formas indicadas fueron utilizadas por Díez-Canedo en su libro Epigramas Americanos" (T. Navarro Tomás: Métrica Española, Madrid, Guadarrama, 1972, págs. 417-418).
Por otra parte, en los versos de los Epigramas se hace un uso sistemático de la rima consonante y predominan las estrofas de cuatro versos y el arte mayor con versos de nueve, once, doce y catorce sílabas. En definitiva, un ropaje de métrica modernista para unas poesías que temáticamente y en el uso del vocabulario lo son poco o nada.
Algo más. Epigramas Americanos es, en cierto modo, el libro que Díez-Canedo fue haciendo a lo largo de su vida. A su muerte, (la de don Enrique) era un conjunto de versos abierto susceptible de recoger posibles nuevos poemas. Por eso, en 1945, la familia del autor publicó con el mismo título de Epigramas Americanos un nuevo libro en el que , en primer lugar reúne y conserva los que formaron la edición original de Madrid del año 1928 que, como hemos dicho, contiene los escritos por don Enrique con motivo de su viaje, cuando la Unión Iberoamericana le envió como conferenciante a Chile y a otros países de América hispana; en segundo lugar aparecen 19 epigramas que llevan el título genérico de "Nuevos Epigramas", los 19 escritos entre 1931 y 1937; Son poemas relacionados con la estancia de Díez-Canedo en el Uruguay y en la Argentina para el desempeño de diversas misiones diplomáticas. Vienen a continuación otros 15 que aparecen bajo el epígrafe global de "Epigramas del Extremo Oriente". Datan de 1936 y surgieron con motivo de la visita de su autor a esas tierras. Finalmente aparecen 17 "Epigramas Mexicanos" escritos, con excepción del titulado "Valle de México", que es de 1931, entre 1939 y 1944. Corresponden a su último y definitivo viaje a Hispanoamérica y a su definitiva estancia en México como desterrado.
En otro orden de cosas, tenemos noticia de que por lo menos 19 de estos epigramas habían sido publicados antes de 1945 en diversos periódicos, revistas y papeles sueltos. Concretamente, con motivo de la Sesión-comida que celebró el órgano del Pen Club del Centro de México, el 6 de enero de 1941 y en "La Pajarita de Papel", aparecieron los titulados: "Danza de indios", "Personificación de San Miguel de Allende", "Dulzura de Morelia", "Atardecer en mil cumbres", "Valle de México", "De noche, junto al Toreo" y "Carlos IV y el caballito".
Los titulados "Ocaso tropical", "Banyau", "Singapore", "El carabao en el río", "Gallo de pelea" y "Stock Exchange" se publicaron en "Tierra Nueva", núm. 3 de mayo-junio de 1940.
En la revista "Litoral", núm. 3, México, 1944 (después reproducido en "Litoral", núm. doble 33-34 en Torremolinos (Málaga), noviembre de 1972) aparecen 6 epigramas autógrafos con el título de "Los laureles de Cuernavaca". Posiblemente son los últimos que escribió Díez-Canedo antes de morir, porque llevan la tardía fecha del 20 de abril de 1944. Ofrecemos al lector dos de ellos como muestra, el núm. 3 y el núm. 4.:
III
Huyen las aves. La espantada brusca
¿no arrastrará las hojas del árbol en su huida?
No es nada. El gavilán del municipio busca
su regalo, su diezmo, su mordida.
IV
Cuchicheo, aleteo. Apenas habla
la copa, ya sin ruido ni querellla.
Sólo un pío en el coloquio timidamente entabla
con la primera estrella.
Señalamos, fuera ya de la historia de su gestación, que en los nuevos epigramas de la edición de México apenas se advierten innovaciones respecto a los de la edición de Madrid en lo que a temas, métrica, tipos de estrofas, recursos poéticos y estructuras de composición se refiere. Por eso no insistimos en su análisis, ya que éste resultaría reiterativo.
El último grupo de libros de poesía que percibimos en la trayectoria seguida por Díez-Canedo está constituido por un solo título, el de El Desterrado.
El libro de El Desterrado reúne una colección de poemas en los que su autor despojó a la poesía de la rima -tradicional y constante en todos los libros anteriores- y suprimió un léxico caracterizado por los tonos suaves y claros y lo sustituyó por otro en el que predominan los oscuros y duros. De hecho, Canedo armoniza la forma con el drama del hombre desterrado y el resultado es un libro de poemas en el que los aspectos formales y temáticos están perfectamente engarzados entre sí y los logros técnicos y estructurales dan a la poesía un aire distinto, más moderno.
Finalmente, Jardinillos de Navidad y Año Nuevo es un libro singular. Reúne poesías de Enrique Díez-Canedo que, escogidas y ordenadas por su hijo Joaquín, pertenecen a los siguientes libros:
"Secretos" y "Dos canciones de brujas" a Versos de las Horas, 1906; "Cuento de invierno" a La Visita del Sol, 1907; "La oveja perdida", "Rus", "Los frailes", "Plenilunio", "Alegría primaveral" y "Cantares rimados a la manera toscana" a La Sombra del Ensueño, 1910. "Poniente" y Scherzo de los murciélagos" no estaban coleccionadas anteriormente.
De las poesías de Jardinillos de Navidad y Año Nuevo nos ocupamos de una, "Scherzo de los murciélagos", poema que ha recibido atención crítica en un comentario hecho por Manuel Simón Viola.
Descuelgan sus saltos mortales
Aviadores de vuelo nocturno,
Huéspedes en la casa escondidos:
Giros, vueltas, rodeos, esguinces:
Cae la tarde y se enturbia con grumos;
Al día despide, agitando
la noche sus negros pañuelos.
Del comentario de M. Simón Viola se desprenden unas conclusiones que apuntan hacia nuevas valoraciones y nuevos juicios críticos acerca de la obra de Díez-Canedo en general y unas reflexiones particulares, referidas a "Scherzo de los murciélagos, en las que se afirma que los planteamientos estéticos del poema están cercanos y tienen notas comunes con las del ultraísmo y que, de ser ciertas, mostrarían más fehacientemente la pluralidad de registros y de tendencias existentes en los poemas de Díez-Canedo.
Recogemos la parte más esencial y llamativa de la argumentación de Manuel Simón Viola, quien en su libro Medio siglo de Literatura en Extremadura, publicado por el Servicio de Publicaciones de la Diputación Provincial de Badajoz, 1994, termina su comentario de "Scherzo de los murciélagos" con estos tres párrafos, que transcribimos inmediatamente:
"El poema, como toda obra poética de Enrique Díez-Canedo, es característico del período de entre guerras, en donde conviven múltiples corrientes estéticas, algunas aparentemente antagónicas (Ultraísmo-Neopopularismo). Novecentismo y Vanguardia, en donde hay que localizar a nuestro autor, nacen de los rescoldos del Modernismo del que conservan algunos caracteres (en nuestro poema la importancia dada al ritmo, metros inusuales, sinestesia).
En la evolución posterior, los poetas eligen caminos muy variados. Díez-Canedo se decanta por unas formas sobrias y unos planteamientos estéticos que lo acercan al Ultraísmo. El elemento más original de esta corriente, en que confluyen impulsos muy variados, es la imagen múltiple y sorprendente que recuerda los procedimientos del Barroco (en lugar de una aproximación directa al objeto, se teje una red de correspondencias entre él y un gran número de términos imaginarios insólitos y lejanos con los que se identifica). El poema queda resuelto en una serie de imágenes insólitas que se yuxtaponen dejando que el lector revolotee de una a otra." (págs. 132 y 133).
Finalmente solo nos asalta una duda, la de que Guillermo de Torre, tan sabio en Vanguardias, no haya estudiado la poesía de Canedo en este sentido, pero, en cualquier caso, más vale abrir puertas y vías de análisis que cerrarlas y reiterar siempre lo mismo.
Apéndice
Incluimos, como complemento y broche, unos poemas de Enrique Díez-Canedo que, aunque se publicaron en su día, por la poca difusión de las revistas en las que aparecieron y por las circunstancias en las que se dieron a conocer, pueden considerarse si no inéditos, sí primicia para la mayor parte de los lectores.
Se trata, en primer lugar, del poema titulado La Extranjera, poema que apareció publicado en "Lumen", núm. 3, Guanajuato (México), septiembre de 1939. Va precedido de una nota sobre Enrique Díez-Canedo y sobre su poesía. Dicha nota dice:
"Espíritu abierto a los nuevos rumbos de la estética, su voz sobresale desde los primeros compases del movimiento modernista español, -que derramó sobre la Península y América su cornucopia de gemas-, a tal punto, que es considerado no sólo como un representativo de esa época, sino como un despertador de muchas voces americanas.
Poesía serena, de raíces ocultas en la tierra, que se posa en las cosas sencillas, que hace hondura en las voces familiares. Tonos de color los suyos, que avivan los dormidos tapices de la raza. Luces que alumbran con resplandores de música sus escenas urbanas. Misteriosa linterna que colora y alienta los rincones provincianos. Brochazos de luz palpitante, como la de los pintores mágicos del realismo español."
"Lumen" era, según dice en el subtítulo, una "Revista mensual, órgano de la Dirección de Estudios Superiores en Guanajuato" y el número 3 tiene un sumario en el que figuran una "Sección oficial", dedicada a informes sobre las actividades de la Dirección de Estudios Superiores, otra "Científica", otra más "Literaria" en la que figuran los poemas de Díez-Canedo y finaliza con la "Artística" y la de "Turismo" que contiene un sólo trabajo sobre la ciudad de Celaya.
Siguen los dos poemas poblicados por Díez-Canedo en "Lumen", núm. 3:
La Extranjera
No has podido olvidarla;
la conociste apenas.
Iba por nuestras calles
y los ojos tras ella
se perdían, curiosos,
hasta que en la revuelta
del callejón oscuro,
detrás de la cancela,
por entre los macizos
en flor de la glorieta,
se fundía en el aire
como leve humareda---
No tenía el encanto
de las mujeres nuestras.
Algo extraño, algo frío,
algo que de otras tierras
hablaba en su silencio,
vacilaba en su incierta
prosodia, en su soltura
femenina y moderna.
Las mujeres de casa
la miraban inquietas,
por detrás del visillo,
cuando paseaba cerca.
Era pálida y alta;
su andar todo cadencia.
A las nubes miraba
como si ya se abrieran
a sus ojos, mostrándole
la fantástica orquesta
de unos ángeles músicos
en la tarde violeta.
Pasaba como un sueño
que, al disiparse, deja
un vacío inefable,
una grave y serena
resignación, la vaga
sensación de una ausencia.
El poema Muerte anónima con toda probabilidad hace refrencia a las muertes en la guerra civil española y también al estado de ánimo de Canedo en el exilio.
La procedencia del poema es doble. Se publicó, por una parte, en "Poesía Española. Suplemento del Servicio de Información", ¿Valencia?, 1938. Y por otra en "Lumen", núm. 3, Guanajuato (México), 1939.
El poema, a pesar de las trágicas circunstancias que pesaban en el ánimo de todos los españoles, sobre todo de los del exilio, por las fechas de su publicación, mantiene el tono de cordura y moderación característico y constante en Díez-Canedo. Efectivamente, cabría esperar un grito desgarrador como el de León Felipe cuando dice:
"He contado mis muertos.
(...)
Contando muertos este otoño, en el Paseo del Prado,/ creí una noche que caminaba sobre barro, y eran/ sesos humanos que llevé por mucho tiempo pegados/ a la suela de mis zapatos.
(...)
El 18 de noviembre, sólo en un sótano de cadáveres,/ conté trescientos niños muertos".[1]
Al que contrapone Díez-Canedo el sencillo, pero hondamente dolorido:
"muerte anónima, muerte
que no es hazaña"...
Y mantiene la cordura y la moderación cuando responde poéticamente con una sencilla queja como,
"muerte (...)
semilla de rencores
entre las razas"
En frente están las actitudes absolutamente más drásticas, que son las usuales hoy, para referirse a conflictos cainitas y racistas, caso, por ejemplo, del contenido del artículo de Eduardo Subirats que dice:
"El nacionalismo serbio, lo mismo que los neonacionalismos que se han extendido a lo ancho de Europa a lo largo de esta última década (los neonazis de la ex Alemania Oriental, el fascismo étnico-religioso ligado a ETA, los neofascismos alimentados por la descomposición del régimen comunista en Rusia), tiene que ejercer necesariamente violencia sobre la sociedad civil..."[2];
o, cuando Francisco Umbral afirma que "la exclusión cultural, lingüística, étnica y política tiene graves consecuencias"[3].
Díez-Canedo dice todo lo anterior, pero sin perder la compostura conceptual y poética. Veámoslo:
Muerte anónima
Tendió su red la Muerte.
Ya no es la Parca
pescador codicioso
de anzuelo y caña
con engaños y cebos
que al pez atraigan:
quiere miles de presas
en la redada.
No es cazador que funde
su plomo en balas
y extrema puntería
cuando dispara.
Es el botín que espera,
si va de caza,
tan grande, que los perros
ya no le bastan.
Hiere artera y oculta,
sin dar la cara,
y es la muerte que envía
tumbo en la nada;
muerte anónima, muerte
que no es hazaña
para el muerto, ni gloria
para el que mata.
Muerte envuelta en escombros,
sorda matanza,
semilla de rencores
entre las razas.
El ciego azar la rige,
gobierna y manda.
Caín en ella tiene
puesta su marca.
Pero el destino cifran
estrellas claras.
¡Hombre, afronta el destino
con fe y audacia,
con el pecho desnudo,
la frente alta,
la mano vigorosa
y en ella, un arma!.
Bibliografía selecta
La presente bibliografía pretende ser útil para el lector y el estudioso de la obra de Canedo. Recoge, además de las obras citadas en el texto, otros trabajos específicamente dedicados a Díez-Canedo y algunos de índole general que sirven para situar al autor dentro de su tiempo literario. Y téngase en cuenta que sólo es una selección de bibliografía, no un repertorio completo.
Acebedo Escobedo, Antonio: "Díez-Canedo crítico", México, "El Nacional", 4-IV- 1965.
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Aub, Max: Enrique Díez-Canedo (México, Boletín de la Corporación de antiguos alumnos de la Institución Libre de Enseñanza de Madrid, Grupo de México, Circular núm. 73). (Reproduce el discurso de Max Aub, pronunciado en el Ateneo de México el 5-VI- 1964 con motivo del XX aniversario de la muerte de Díez-Canedo).
Aub, Max: La Calle de Valverde, Barcelona, Seix Barral, 1970
Aub, Max: Pequeña y vieja historia marroquí, Madrid, Las ediciones de Papeles de Son Armadans, 1971.
Azaña, Manuel: Obras Completas, México, Oasis, 1966.
Azorín: Obas Completas, Madrid, Aguilar, 1948. (De estas tienen interés el artículo titulado "Escena y sala: Defensa de Díez-Canedo" y "Ultramarinos".
Blanco Fombona, Rufino: "Un poeta preterido: Enrique Díez-Canedo", en Motivos y Letras de España, Madrid, 1930, págs. 159-171.
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Cansinos Assens, Rafael: La novela de un literato, Madrid, Alianza Editorial, 1982...
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[1].- León Felipe: Antología rota, Buenos Aires, Losada, 1957, p. 52.
[2].- Eduardo Subirats: "Los Balcanes y los neonacionalismos", en "El Mundo", 23 de abril de 1999, p.11.
[3].- Francisco Umbral: "Aznar advierte", "El Mundo", 20 de abril, 1999.
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